Editorial
Todos garibaldinos
Todo país necesita un relato para presentarse al mundo. El nuestro no puede ser el imperio: es el de quien se pone del lado de los más débiles.
En casi todas las ciudades italianas hay una calle Garibaldi, una plaza, una estatua del general a caballo o con la mano en la empuñadura, y lo vemos tan a menudo que ya no lo miramos. Se ha convertido en callejero, el señor de la barba del libro de texto. Y sin embargo, si hay un italiano al que el mundo quiso de verdad, sin reservas, es él.
El apodo de héroe de los dos mundos, para empezar, no es una exageración retórica. Antes de la expedición de los Mil, Garibaldi pasó más de diez años en Sudamérica. Combatió en Brasil por la república rebelde de Rio Grande do Sul, donde conoció a Anita, una muchacha brasileña que se convirtió en su esposa y compañera de armas, y luego en Uruguay, donde dirigió la Legión italiana en la defensa de Montevideo. Las camisas rojas nacen allí: según la tradición eran una partida de tela destinada a los trabajadores de los mataderos de la ciudad, comprada barata porque no había nada mejor. El símbolo más célebre de nuestro Risorgimento viene, pues, de un apaño, en una ciudad de emigrantes, al otro lado del océano, y sería difícil encontrar un origen más italiano.
Después de la expedición de 1860 se convirtió en una celebridad mundial. Al año siguiente Abraham Lincoln le ofreció un mando en el ejército de la Unión, y él dijo que no; cuando en 1864 llegó a Londres, cientos de miles de personas salieron a la calle a recibirlo, y en medio mundo plazas, cervezas y hasta galletas tomaron su nombre. El motivo de tanto entusiasmo es bastante simple: Garibaldi luchaba por la libertad de los demás y no por su propio poder, rechazaba títulos y recompensas, y después de entregar medio reino al rey se volvió a Caprera con un saco de semillas.
Desembarcamos en Nueva York, en Buenos Aires, en Melbourne con la maleta y no con las cañoneras.
Toda nación, cuando se presenta al mundo, necesita un relato. Los ingleses tienen el imperio y el parlamento, los franceses la revolución y los derechos del hombre, los estadounidenses la frontera. ¿Y nosotros? Contarnos como potencia colonial no podemos, y menos mal. Nuestro colonialismo llegó tarde, duró poco y no tuvo nada de glorioso, desde la derrota de Adua en 1896 hasta la guerra de Etiopía y sus peores páginas, que quien tiende a olvidar haría bien en repasar. No es una historia para exportar.
Pero tenemos otra, mucho más fuerte: la de un pueblo que conoció el mundo como emigrante. Desembarcamos en Nueva York, en Buenos Aires, en Melbourne con la maleta y no con las cañoneras, nos miraron con recelo, trabajamos y poco a poco nos hicimos aceptar. Garibaldi es el símbolo que encaja a la perfección con esta historia: el italiano que se pone del lado del más débil, que lucha por la libertad ajena y luego vuelve a cavar el huerto.
Es un poco la paradoja italiana. Nunca fuimos lo bastante fuertes para dominar a nadie, y eso con el tiempo nos ha hecho simpáticos: en el mundo el italiano es aquel con quien se come a gusto, el que no da miedo, el que sabe vivir. Hay quien ve en ello una debilidad; yo veo un capital de confianza enorme, con el que sueñan muchos países más poderosos que el nuestro. Quien vive en el extranjero lo gasta todos los días, a menudo sin darse cuenta, porque un apellido italiano abre puertas que otros pasaportes encuentran cerradas. Ya sería hora de convertirlo en una estrategia y de darle la cara adecuada. En el fondo deberíamos ser todos un poco garibaldinos, con un pie siempre más allá de la frontera.