Editorial
La diáspora que no sabe que lo es
Los armenios saben que son una diáspora, los irlandeses también. Los italianos no, y sin embargo fuera de sus fronteras vive otra Italia tan grande como la de dentro.
Hay una pregunta que cualquiera que haya vivido algunos años fuera de Italia ha tenido que escuchar al menos una vez, normalmente en una cena, normalmente de boca de alguien que se apellida Rossi o Ferraro pero que habla italiano con dificultad: «¿Y tú de dónde eres, exactamente?». Y cuando respondes, Bari, Treviso, Cosenza, te mira con un aire entre la nostalgia y la curiosidad, porque su bisabuelo también venía de allí, o de un pueblo cercano del que solo conoce el nombre, a veces deformado.
Esa escena siempre me ha hecho pensar que los italianos son una diáspora que no sabe que lo es.
Con los armenios la cuestión está clara desde hace un siglo: la República de Armenia tiene menos de tres millones de habitantes, la diáspora es varias veces mayor, y en todo este tiempo ha levantado escuelas, iglesias, periódicos y sobre todo una voz política, que durante décadas llamó a las puertas de los parlamentos de medio mundo para que se reconociera el genocidio de 1915, y en muchos casos lo consiguió. De la diáspora judía no hace falta ni hablar. De los irlandeses basta recordar que el día de San Patricio se vive en Nueva York con más intensidad que en Dublín, y que quien tiene un abuelo nacido en Irlanda todavía puede pedir el pasaporte irlandés.
Nosotros, en cambio, que en cuanto a números no nos quedamos cortos, siempre hemos tratado la emigración como una página que hay que pasar deprisa. Italia se ocupa poco y mal de ti mientras estás en su territorio; en cuanto te vas, ya no eres problema suyo. Es como el padre que tiene que colocar a un pariente: lo coloca, y cuando este se marcha da el asunto por resuelto, sin más, y no vuelve a ocuparse de él. A otros pueblos no les ocurre, casi siempre porque la suya fue una emigración traumática, nacida de fuertes tensiones políticas y sociales. La italiana fue casi siempre una emigración económica, y nunca tuvo camino de vuelta.
Fuera de las fronteras hay una Italia probablemente más grande que la de dentro.
En Italia viven unos sesenta millones de personas, y en el AIRE, el registro de los italianos residentes en el extranjero, hay inscritos más de seis; pero la cuenta de verdad empieza después, cuando se suman los cerca de dieciséis millones de estadounidenses que declaran un origen italiano, los argentinos (más de la mitad, según las estimaciones, tiene al menos un antepasado italiano), los brasileños, que son decenas de millones, y luego uruguayos, canadienses, australianos, belgas, alemanes, suizos. Son cifras aproximadas y cada uno las calcula a su manera, pero el fondo no cambia: fuera de las fronteras hay una Italia probablemente más grande que la de dentro, y nadie, ni los gobiernos ni los periódicos ni las universidades, se ha tomado nunca la molestia de mirarla en su conjunto.
Creo que depende de cómo nos lo hemos contado. El emigrante, en el imaginario italiano, sigue siendo el de la maleta de cartón de la televisión en blanco y negro: alguien que se fue porque no tenía elección, y sobre el que conviene correr un tupido velo. El que se marcha se convierte primero en «el que está fuera», luego en el oriundo y al final en un extranjero con un apellido que termina en vocal. Los italoamericanos fundaron asociaciones importantes, los italoargentinos construyeron hospitales y sociedades de socorros mutuos que siguen en pie desde hace más de un siglo, pero cada uno en su patio, sin hablar entre ellos y casi sin hablar con Roma.
El Estado, por su parte, no ha ayudado. Inventamos el voto en el extranjero, y está bien, pero desde 2022 estos millones de personas están representados por ocho diputados y cuatro senadores. En 2025 se restringió la ciudadanía por descendencia, por razones en parte comprensibles (consulados colapsados, trámites interminables, algún abuso), pero el mensaje que llegó a Buenos Aires y a São Paulo fue uno solo: en el fondo, podemos prescindir de vosotros. Un país que quisiera contar algo en el mundo haría exactamente lo contrario.
Lo bonito, o lo paradójico, es que la red ya existe, solo que no lo sabe. El ingeniero de Estocolmo, el restaurador de Melbourne, el abogado italoargentino y el directivo de origen calabrés que trabaja en Manhattan se reconocen al instante, quizá por cómo gesticulan o por cómo se quejan del café, y tienen en común más de lo que imaginan: cierta desconfianza hacia el poder, el culto de la sobremesa larga, el arte de apañárselas que en el extranjero, curiosamente, se convierte en una virtud.
Italiade nace un poco de aquí, de la idea de que bastaría con darse cuenta. No para añorar a quien se fue, que de añoranzas ya vamos sobrados, sino para contar a quien siguió siendo italiano en otra parte, a menudo sin saberlo, y para dar a esta Italia dispersa un lugar donde leerse. Y si un día también Roma decidiera mirarse al espejo y verse como lo que es, una nación con media familia en el extranjero, mejor que mejor. Nosotros, mientras tanto, empezamos.