Editorial
Los símbolos disputados
Leonardo se vuelve francés, Colón español, Marco Polo croata. Y mientras tanto olvidamos incluso los que nadie podría disputarnos.
Quien haya estado en el Louvre frente a la Gioconda lo sabe: en medio de ese gentío de móviles en alto, ¿cuántos recuerdan que la pintó un italiano? Muchos, claro. Pero para tantos turistas ese cuadro es simplemente una cosa de París, como la Torre Eiffel o los cruasanes. Leonardo murió en Amboise en 1519, huésped de Francisco I, y Francia tuvo la elegancia, y la astucia, de construir un relato encima: el genio universal acogido por el rey mecenas. Nada escandaloso, que quede claro. Es marketing cultural bien hecho, y en esa partida nosotros tenemos el genio mientras los demás tienen la historia que contar.
Con Colón fue peor. En 2024 la televisión pública española emitió un documental que, a partir de análisis genéticos, sostenía que el navegante era un judío sefardí de origen español. Muchos estudiosos cuestionaron los métodos y las conclusiones, y los documentos que lo dicen genovés siguen todos ahí, pero la noticia dio la vuelta al mundo y la respuesta italiana fue, por decirlo suavemente, tímida. Por otra parte, Colones alternativos hay desde hace tiempo un poco por todas partes, en Galicia, en Cataluña, en Portugal, y en Korčula, en Croacia, reivindican la cuna de Marco Polo con casa museo incluida. Son teorías débiles, casi todas. Pero alguien creyó en ellas lo suficiente como para contarlas, y eso basta.
El verdadero problema empieza cuando, a fuerza de no contar, perdemos también los símbolos que nadie podría disputarnos. Antonio Meucci, florentino emigrado a Nueva York, trabajó durante años en un aparato para transmitir la voz, pero no tuvo dinero para renovar la patente provisional, y el teléfono, para el mundo, pasó a ser de Alexander Graham Bell. Hizo falta una resolución de la Cámara de Representantes estadounidense, en 2002, para reconocerle el mérito. En Italia, mientras tanto, lo recuerdan pocos, y a decir verdad no solo en Italia. En El Padrino III, durante la fiesta en honor de Michael Corleone, alguien anuncia que la Asociación Meucci lo ha elegido italoamericano del año. «¿Quién es Meucci?», pregunta uno. «El italoamericano que inventó el teléfono, un año antes que Bell», le responden. Coppola lo suelta casi como un chiste, pero la escena es más profunda de lo que parece: incluso en una sala llena de gente que ha hecho de su italianidad una identidad, el nombre de Meucci no le dice nada a nadie. El relato se interrumpió a ambos lados del océano.
Ahí no se roba solo una etiqueta, se roba una manera de sentarse a la mesa.
Américo Vespucio dio nombre a un continente entero, y pruebe usted a preguntar por ahí quién era. Por no hablar de la comida: según Coldiretti, la principal organización agraria italiana, los productos que imitan a los italianos valen en el mundo más de cien mil millones de euros al año, entre «parmesan», mozzarellas de nombres improbables y prosecco en lata. Ahí no se roba solo una etiqueta, se roba una manera de sentarse a la mesa.
¿Por qué no protestamos? En parte por carácter. Los italianos somos poco nacionalistas, lo cual en el fondo es una virtud, y tenemos tantos símbolos que nos parece que podemos regalar alguno sin darnos cuenta. En parte por historia: nos convertimos en Estado tarde, y nuestros genios pertenecen a Florencia, a Génova, a Venecia antes incluso que a Italia, así que contarlos como patrimonio común se nos da mal. Y luego hay un motivo que toca de cerca a quien vive fuera. Durante más de un siglo estos símbolos los defendieron sobre todo los emigrantes, los italoamericanos con el Columbus Day, los italoargentinos con sus sociedades, los italianos de Australia con sus fiestas, casi siempre solos y sin que en Roma nadie se diera cuenta.
No se trata de abrir polémicas nacionalistas ni de pelearse con los franceses por la Gioconda, que de todos modos seguirá donde está. Se trata de contar, con los documentos en la mano y un poco de ironía, cada vez que alguien se apropia de un pedazo de Italia. También por eso Italiade tiene una sección que se llama Ethos itálico: para recordar al mundo, y antes que nada a nosotros mismos, cuánta Italia hay fuera de Italia.