Ethos itálico
El viaje al revés
Bianca Zero partió de Génova hacia Buenos Aires, como miles de ligures hace un siglo. Solo que ella vino a ser actriz, y el mate no le gusta.
En Buenos Aires a los hinchas de Boca Juniors les dicen xeneizes, que en dialecto quiere decir genoveses, porque el barrio de La Boca lo levantaron los ligures que bajaron en el puerto entre el siglo XIX y el XX. Bianca Zero, genovesa también ella, rehízo esa ruta un siglo después, con una pequeña diferencia: hoy son los bisnietos de aquellos ligures los que sueñan con el pasaporte italiano, mientras ella en Buenos Aires está buscando una visa de trabajo argentina.
Su historia empieza en Génova, donde era entrenadora personal y jugaba al fútbol en un equipo de la ciudad, mientras estudiaba actuación (hoy suma once años de formación). A los veinte, sentada en el sillón de su casa, le llega una propuesta que en ese momento no se toma en serio: Disney la quiere en el elenco de O11CE, una serie juvenil ambientada en el fútbol de inferiores y filmada justamente en Buenos Aires. El casting era en castellano, que ella no hablaba; en un mes, cuenta, ya sabía bastante, y hoy tiene acento porteño.
Una ruta entre Génova y el Río de la Plata que en el fondo nunca se interrumpió: solo cambió de sentido.
Terminado el rodaje volvió a Italia, pero cada dos años se tomaba un avión para visitar a los amigos del elenco. A principios de 2026, a los 28 años y después de una etapa complicada, decidió venirse en serio, dejando incluso un programa de radio, con la idea de que si no lo hacía en ese momento no lo iba a hacer nunca. Hoy en Buenos Aires juega en un equipo de fútbol femenino, trabaja como modelo y cuenta su vida entre las dos orillas a más de cincuenta mil personas que la siguen en redes.
A la Argentina la llama su segunda casa: dice que la noche porteña le recuerda tanto a Italia que a veces le parece no haberse ido nunca, y que le gustan esas ganas de juntarse por cualquier motivo que allá, según ella, se perdieron un poco. Sigue siendo genovesa hasta la médula, eso sí. El mate no le gusta, café y pasta todos los días, y cuando habla se le escapan palabras del lunfardo que llegaron desde Génova hace más de cien años.
La fábula, claro, tiene también un lado menos romántico. Un proyecto audiovisual que le habría permitido obtener la visa de trabajo se frenó, y con los sueldos argentinos a un europeo le cuesta llegar a fin de mes; si no encuentra algo estable, podría tener que volver pronto. Es la historia de muchos italianos que se van hoy, ya no por hambre sino por deseo, y de una ruta entre Génova y el Río de la Plata que en el fondo nunca se interrumpió: solo cambió de sentido.