Análisis
El pasaporte en el bolsillo
El caso de Eduardo Bolsonaro y la paradoja de la ciudadanía italiana: un seguro para pocos, una puerta que se cierra para millones de descendientes.
El 11 de octubre Eduardo Bolsonaro, exdiputado federal brasileño e hijo del expresidente, publicó un video bastante teatral en el que le muestra a la cámara un pasaporte italiano. Tres días antes, el juez del Supremo Tribunal Federal Alexandre de Moraes había ordenado su arresto, la anulación de sus documentos de viaje y la ejecución de una condena a cuatro años y dos meses. Él, que vive en Estados Unidos desde 2025, respondió más o menos así: cancelen nomás el pasaporte brasileño, total tengo otro, y si quieren pídanle a Italia que anule también este.
Sobre la justicia brasileña no nos corresponde opinar. Nos interesa el gesto, porque dice algo que en Italia cuesta entender: en América Latina el pasaporte italiano es una especie de segunda vida. Para generaciones de nietos de emigrantes fue el puente hacia Europa, la posibilidad de estudiar, trabajar y moverse sin visas. Para una parte de las élites, con el tiempo, se volvió también otra cosa: una póliza contra la inestabilidad del propio país, un documento para tener en el bolsillo para los días en que las cosas se ponen feas. Ya en mayo de 2025, por otra parte, un diputado italiano había sostenido que Eduardo y su hermano tenían la ciudadanía italiana, aunque sin mostrar documentos; ahora es él mismo quien la exhibe en video.
En América Latina el pasaporte italiano es una especie de segunda vida.
La paradoja está en los tiempos. Justo cuando el pasaporte italiano se convertía en un bote salvavidas para quien podía pagarlo, Italia ajustaba la red. La reforma de 2025 limitó la ciudadanía por descendencia a quienes tienen al menos un padre o un abuelo nacido en Italia, y en 2026 la Corte Constitucional confirmó su estructura. El resultado es que el documento sigue siendo valioso para quien llegó a tiempo a obtenerlo y se vuelve inalcanzable para el bisnieto del campesino véneto que partió hacia Rio Grande do Sul, que quizás ya había juntado todos los certificados y solo esperaba un turno en el consulado.
Otros países tratan a su diáspora como un recurso estratégico. Irlanda, por ejemplo, todavía permite hacerse ciudadano a quien tiene un abuelo nacido en la isla, y obtiene a cambio influencia, comercio, simpatías y votos en los lugares que importan. Italia, que tiene probablemente una de las diásporas más grandes del mundo, la administra como un problema de ventanilla, hecho de filas y trámites atrasados. El riesgo es que el pasaporte termine siendo un bote salvavidas para pocos y un recuerdo de familia para muchos; y una comunidad que deja de sentirse italiana difícilmente se recupera con un decreto.