Editorial
Colón, las estatuas y los emigrantes olvidados
En 2020 quienes derribaban las estatuas de Colón creían golpear a un conquistador. Sin saberlo, golpeaban también a los abuelos de millones de italoamericanos.
En el verano de 2020, en Estados Unidos, las estatuas de Cristóbal Colón pasaron un mal rato. En Richmond, Virginia, la arrastraron y la tiraron a un lago; en Boston, en el North End, el barrio italiano por excelencia, le arrancaron la cabeza; en Saint Paul y en Baltimore la derribaron, y en Chicago la alcaldesa prefirió retirarla de noche, antes de que lo hiciera otro. Eran los meses en que medio Occidente ajustaba cuentas con los símbolos de su pasado colonial, y Colón, inevitablemente, quedó en medio.
Las razones de quienes lo cuestionan no son inventadas. Colón no fue solo el navegante testarudo que todos conocemos: como gobernador de La Española tuvo responsabilidad directa en la explotación y la violencia contra los taínos, hasta el punto de que fue la propia Corona española, en 1500, la que lo hizo arrestar y devolver a España encadenado. Quien pide que se cuente también esa parte de la historia tiene razón, y un periódico que habla a los italianos del mundo no tiene ningún interés en ocultarla.
El caso es que una estatua no es una biografía. Es un documento de la época en que se colocó, y aquel verano casi nadie se preguntó quién había subido a Colón a esos pedestales, ni por qué.
Para entenderlo hay que volver a Nueva Orleans, en marzo de 1891, cuando una multitud sacó de la cárcel a once italianos, casi todos sicilianos, acusados del asesinato del jefe de policía, y los linchó. Algunos habían sido absueltos, otros aún esperaban juicio. Fue uno de los linchamientos masivos más graves de la historia estadounidense, y varios periódicos de la época lo comentaron con satisfacción. Los italianos, entonces, eran pobres, católicos, a menudo analfabetos, y en la América de finales del siglo XIX no se les consideraba del todo blancos. Al año siguiente, por los cuatrocientos años del descubrimiento, el presidente Benjamin Harrison proclamó una celebración nacional de Colón, también como gesto de reparación hacia aquella comunidad.
Una estatua no es una biografía.
A partir de ahí Colón se convierte, para los italoamericanos, en algo más que un explorador: la prueba de que ellos también pertenecen a la historia americana, es más, de que la empezaron. Las estatuas nacieron así, con colectas en los barrios italianos, comités de emigrantes y periódicos en italiano que llamaban a contribuir. Eran una forma de decir: nosotros también estamos aquí.
Quien las derribaba creía golpear al imperio español y en cambio golpeaba el monumento que una minoría discriminada se había construido para ser aceptada. Es el límite de toda furia iconoclasta: dividir el pasado en buenos y malos y tirar precisamente las capas superpuestas, que son lo más interesante de la historia. Nueva York, no por casualidad, eligió otro camino: la estatua de Columbus Circle se quedó donde estaba, y se prefirió añadir explicaciones en lugar de quitar.
Italia, en todo esto, casi no dijo nada. En parte por incomodidad, creo, y en parte porque a Colón lo sentimos genovés pero también un poco español, héroe escolar y a la vez figura incómoda. En Italia, además, pasó desapercibido un detalle. En junio de 2020 Joe Biden, entonces candidato a la presidencia, trazó una línea clara: las estatuas de los líderes confederados, dijo, estaban bien en un museo, mientras que las de Washington y Jefferson, que también tuvieron esclavos, debían protegerse, y con ellas la de Colón. Pocos meses después también Trump defendió a Colón en una proclama oficial. De palabra, en resumen, lo defendían todos. Y sin embargo, si para los padres fundadores aquella distinción de algún modo se sostuvo, para Colón no: sus estatuas siguieron cayendo o desapareciendo de noche de sus pedestales, una ciudad tras otra, y en 2021 Biden, ya presidente, añadió por primera vez al Columbus Day el Día de los Pueblos Indígenas. Desde Italia no llegó nada. Y sin embargo Colón, con todo, es el símbolo de todos los europeos que cruzaron ese océano, y merecía ser defendido por eso.
Aquel silencio fue un error: los italoamericanos se defendieron solos, con la impresión, no del todo equivocada, de que a la madre patria su historia le interesaba poco.
La posición correcta, a mi juicio, no está ni en la defensa a ultranza ni en la rendición: contarlo todo, Colón con sus sombras, los taínos con su tragedia y los emigrantes italianos con su esfuerzo por ser aceptados. Una estatua puede seguir en pie junto a una placa que explique. A quien vive entre dos culturas esto debería salirle natural, porque lo experimenta cada día: la verdad casi nunca está toda de un lado.